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Un espacio como otro cualquiera. Eso sí, un lugar al que estás invitado siempre que quieras. Donde tendrás las puertas abiertas para quedarte, reflexionar y por encima de todo, opinar. Con "El escondrijo" busco tu parecer, tu opinión, tu punto de vista sobre los temas que humildemente te propongo. Política, sociedad, cultura, viajes o deportes. Todo tiene cabida en este rincón. Un rincón en el que, por supuesto, puedes proponer temas de diálogo. Tus opiniones no serán censuradas. Sólo hay un requisito: el respeto. Porque mi opinión ya la conozco, busco la tuya. Anímate y participa. |
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Por tu lucha, por tu coraje, por tus pases, por tus goles, por tu corrección y respeto tanto dentro como fuera del campo, por tus regates, por tus ánimos, por tu empeño, por tu entrega… por tu sentimiento. Por todo ello, gracias.
Apareciste un día cualquiera en la historia del madridismo. Con 17 años, las piernas arqueadas, el pelo de punta y el 17 a la espalda. Una locura más de Valdano, auguraron muchos. ¿Y por qué no? ¿Quién era el sabio que conocía el futuro de aquel chaval enclenque, un devenir que nos traería ante nosotros a una “Leyenda” del fútbol? Pero tú, sobretodo tú, te empeñaste en callar muchas bocas, a golpe de cucharas y por encima de todo, con empeño y sentimiento.
Lejos queda ya aquella jugada en la que Juanma López se rompe la cadera al intentar pararte; o el famoso aguanís que dio la vuelta al mundo y con el que devolviste al equipo merengue a la cima de los dioses del fútbol; o tu recital en Old Trafford, con el que junto a tu amigo Redondo, mostrasteis en el Teatro de los Sueños lo grande que puede ser este juego. Más cerca, sin duda, se encuentran las críticas a tu juego, la falta de respeto a tu persona y por encima de todo a tu entrega y trabajo. Y también, el famoso Raúl selección, un debate nacional que dividió España. Pero ante unas situaciones y otras, siempre, tú respondiste con respeto y educación, con templanza y sosiego, con madurez y elegancia.
Para mí, un aficionado más a este deporte de locos, tu comportamiento sobre el terreno de juego, tanto si vestías la elástica blanca como la roja, siempre me ha producido una mezcla de respeto y admiración. No soy objetivo, ni mucho menos. Pero tampoco trato de serlo. Creo que en este país somos muy injustos con nuestros deportistas, y cada vez olvidamos con mayor rapidez las hazañas que consiguen. Además, nos estamos acostumbrando a ganar, y ya no valoramos como deberíamos los éxitos que se consiguen cada fin de semana. Es por ello, que espero que los años te terminen colocando en el lugar que mereces, en la historia del madridismo, junto a Di Stefano, Sanchís, Amancio o Butragueño. Junto a los más grandes de este equipo.
Pero como tu bien sabes, la vida sigue. Y ahora comienzas una nueva etapa en Alemania. Solo espero que cuando decidas colgar las botas, vuelvas al Bernabéu y recibas el homenaje que el mundo del fútbol, y no solo el madridismo, te debe. Los aficionados al Real Madrid seguiremos viendo los partidos de nuestro equipo, pero que no te quepa duda, durante mucho tiempo, más del que te puedas imaginar, echaremos en falta la presión, la lucha, el coraje, los pases, los goles, la corrección y respeto, los regates, los ánimos, el empeño, la entrega y sobretodo el sentimiento del capitán blanco. Gracias Raúl.
Charlie. 42 años. Duerme todas las noches en la esquina, bajo un portalillo, entre Viriato y Santa Engracia. Esta mañana, al levantarse, no se ha preocupado del edredón. De si estaba en su sitio o, por el contrario, se apoyaba ligeramente sobre el suelo, lo que hubiera dejado al aire parte de su espalda. Tampoco se ha mirado en el espejo, el mismo de todos los días, y se ha rascado los ojos preguntándose qué hora sería. Ni mucho menos ha bajado a desayunar la misma tostada con mermelada, siempre de melocotón, que podía ser su gasolina en cada mañana. Por supuesto que no ha leído la prensa. Por lo menos esa prensa que llamamos seria y por la que hay que pagar 1,20 en los quioscos.
Se ha despertado. Ha abierto los ojos. La primavera, tan esperada por algunos, no parece haberse afincado todavía en las calles de la capital y el frio a primera hora de la mañana se hace notar. Se ha estirado, a pesar de que la manta que le tapa no cubre ni la mitad de su cuerpo, y ha expulsado al aire toda la rabia que le quedaba en lo más profundo de su cuerpo. Como todos los días, no ha habido respuesta. El frio era el mismo; los coches continuaban pasando; y la gente, pese a sorprenderse por el alarido, ha continuado sin pestañear su camino al trabajo.
Se ha preguntado. “Estoy harto de esta palabra. De lo que significa y de quien la utiliza. Ya está bien”. Al instante se ha observado, y con cara de extrañeza ha recordado que, si no se da prisa, perderá la posibilidad de desayunar un café caliente y dos bizcochos en el comedor social del barrio. “¿Por qué no me dejaré de pantomimas y me dedicaré a lo mío?”.
Lo suyo era levantarse, recoger sus cartones, amontonarlos en su carrito de El Corte Inglés y poner sobre ellos las pocas pertenencias que todavía le quedaban: una manta, un par de zapatillas gastadas, dos camisetas y una litrona de cerveza. Después, ha mirado a los lados y con la cabeza bien alta se ha dirigido, calle abajo, hacia el comedor social.
Traje azul marino. Corbata a rayas. Sonrisa de circunstancias y andares pausados. Todavía quedaban unos minutos para que comenzara la sesión, y el Presidente del Gobierno ya esperaba, tras una barrera de fotógrafos, sentado en su escaño. Zapatero gastó los últimos instantes, antes de lanzarse al ruedo, dialogando, de nuevo sonriente, con el portavoz del PSOE en la Cámara, José Antonio Alonso.
Todo esto no tiene nada de novedoso. De hecho, es de lo más común. Pasa todos los días, o muchos, en el Congreso de los Diputados. Pero para mí, si que había una gran novedad: me encontraba dentro del Congreso, por supuesto, unos metros más arriba que sus señorías, pero al fin y al cabo, dentro del Parlamento Español.
He de decir que nada más entrar en la sala me ha recorrido por el cuerpo una buena sensación. He visto cientos de veces, en fotografías o en la televisión, el Congreso de los Diputados, pero esta vez me encontraba dentro de este lugar histórico, y creo que es un sitio que todos los españoles, por lo menos una vez deben visitar. Que no suene a imposición (parece La Meca), pero si fuera posible que todos tuviéramos acceso al Congreso, más de dos días al año, nos daríamos cuenta no solo del lugar donde defienden nuestros derechos los políticos, sino también que clase de personas nos representan.
En este último aspecto, me quedo con la sensación de que no tengo ni idea de quién decide por mí. Si, conozco a ZP, a Rajoy, a José Blanco o a González Pons, pero ¿quién es aquel que se sienta en la quinta fila, justo detrás de esa otra señora que aplaude las consignas de su primer espada sin apenas haberle oído? Porque esa es otra. Cada vez que habla uno de los peces gordos de esta pecera en la que se ha convertido en Congreso, su centenar de secuaces aplaude convencido, pese a haber estado hablando por teléfono o charlando con el colega de al lado. Y no digamos, las risas con sorna que suelta más de uno cada vez que un colega hilvana una frase más o menos perspicaz. En resumen, que no les conozco, y lo poco que veo, no me gusta.
Entrando en el debate político, decir que ha durado poco más de 20 minutos y, como era de esperar, se ha centrado en la crisis económica y en especial en el número de parados. Se me olvidaba, también en la ya común tradición de lanzarse dagas unos a otros. Poco productivo, pero que divierte a sus señorías un huevo. Mejor me salgo del debate político.
Me gustaría acabar con una imagen, que dicen vale más que mil palabras. Rosa Díez junto a Eduardo Madina charlando amigablemente en uno de los rincones de la Cámara. Se me van a ver los colores, pero esa unión me ha gustado, y mucho. Hasta otra compañer@.
Hacía tiempo que quería volver a la Universidad. La verdad es que me moría de ganas por volver a la cafetería de mi facultad, al verde del Paraninfo, a recorrer la avenida Complutense… No sé. Desde un primer momento, regresar a todos estos lugares no hace más que traerme a la mente recuerdos y más recuerdos. No lejanos, pero al fin y al cabo ya pasados.
Aunque parezca mentira, el tiempo va pasando y ya hace más de un año que deje de vivir como un universitario más y me introduje en la jungla del mercado laboral. Ahora si me acuerdo, y más de una vez, de la famosa frase: “La vida del universitario es la mejor que hay”.
Que buenos momentos pasé con mis compañeros en aquellos bancos. Que risas nos echábamos entre clase y clase. Que maravillosas tardes perdidas tomando unas patatas bravas bajo el sol de la primavera. ¡Bua, momentos inolvidables!
Por suerte, me doy cuenta de que los buenos recuerdos ganan por goleada a los instantes más tristes y puñeteros. Y esto, por encima de todo, me deja un muy buen sabor de boca. Así que si algún día me encuentro un poco perdido o sin saber qué hacer, correré sin pensarlo a ese lugar donde tan buenos momentos pasé y tan a gusto me encontré.
Me llega a la mente el comentario de un buen amigo. Tras horas y horas pensando en algo sobre lo que escribir, recuerdo de repente la escena que me relataba Escudero (nombre ficticio) no hace mucho tiempo. En ella había una decena de personas, y todas, sin excepción, iban acompañadas de su móvil.
No sabría concretar el año, pero de un tiempo al presente todos nos hemos acostumbrado a llevar siempre encima el teléfono móvil. Lo que comenzó siendo un privilegio al alcance de unos pocos se ha convertido en algo imprescindible para los ciudadanos de esta sociedad. Una sociedad que vive en continua comunicación con los demás, sin un solo segundo para el descanso y dentro de una red de información que no cesa de ofrecer contenidos.
No voy a citar todos los beneficios que ofrece a un usuario el teléfono móvil, que son muchos, sin embargo si me gustaría hablar de uno de sus inconvenientes: la dependencia. Hemos conseguido convertir el celular en una prolongación más de nuestras manos. Si no lo tenemos en el bolsillo, o colgado en el cinturón, no podemos salir de casa. Y qué decir si vamos a viajar, estaríamos locos si no llevamos un móvil.
Desde aquí, desde este pequeño y cálido escondrijo te animo a que un día de estos hagas el experimento de dejarte el móvil en casa. Si, en la mesilla de noche o en la estantería del salón, pero que no te acompañe. Te darás cuenta de la libertad que se siente, y sobre todo de la cantidad de veces que lo utilizamos a lo largo del día sin necesidad verdadera. Tranquilo, no te digo que tires tu teléfono por la ventana ni que te deshagas de él para siempre. Solo por un día. Ya me contarás que tal. Hasta otra compañer@. Y gracias por seguir ahí.